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Astrocartografía
Te enfrentas a lo establecido y lo establecido devuelve el golpe. El cruce que convierte a alguien en símbolo de un cambio que nadie pidió.
Por Maria Fernanda Abreu, astróloga | | 3 min de lectura
Este cruce empieza casi siempre con la misma escena, alguien plantado sin compañía frente a lo establecido, justo en el corte de las dos líneas. Lo llamativo es que quien lo hace suele intuir lo que viene, porque la sociedad responde a esa clase de desafío con dureza y con bastante injusticia. Esa ida y vuelta acaba dibujando un papel que después cuesta soltar.
La intensidad de este pulso cambia de una persona a otra, y la marca la relación entre el Sol y Plutón en tu carta natal.
Aquí poner en cuestión los valores y las instituciones del sitio suele pasar casi sin decidirlo. Plutón trae los finales que hacen sitio y el Sol pone la cara que se planta delante, muchas veces sin haberlo planeado, movida por una intuición de fondo sobre lo que viene después.
Lo que suele pasar después es bastante previsible. El entorno golpea de vuelta, y de ese golpe puede salir un papel de inconforme y de descontento del que cuesta despegarse. Vale la pena entender el mecanismo entero, porque una sociedad agarrada a la seguridad material tiene serias dificultades para reconocer su propia necesidad de cambiar, así que elige a alguien para que encarne ese impulso reprimido por todos y después lo señala como culpable del desorden que ha provocado.
La gente alrededor se siente amenazada bajo este cruce, y no siempre sabe explicar por qué. La razón es que la intensidad y la soledad de quien lo vive representan el proceso de cambio que termina en un final, y ese es justo el asunto que la mayoría prefiere no mirar de frente.
Mientras eso no se entiende, la vida en este lugar se va en pelear con la sensación de injusticia y en buscar responsables. Es la parte más larga del proceso y la menos productiva, porque la energía se agota en el reclamo y el cambio que empujaba sigue sin encontrar cauce útil.
Hay una salida, y llega tarde. Cuando la persona ya se conoce bastante y ha dejado de culpar a los demás de los cambios que la atraviesan, esa misma intensidad se vuelve capacidad de acompañar a otros en sus crisis, casi de partera de las transformaciones ajenas. Ahí el papel cambia de signo y quien incomodaba pasa a ser un símbolo útil de que se puede cambiar.
Por eso este cruce se habita mejor como etapa que como domicilio. Tener gente cerca, un propósito claro y un plazo pensado de antemano es lo que separa una temporada que transforma de una que solo desgasta.
Con tu fecha, tu hora y tu lugar sale el mapa entero, y no hace falta dar ningún dato más.
Que alguien se enfrenta sin compañía a lo que su entorno da por bueno, y el entorno suele devolver el golpe. La reacción puede llegar con dureza y sin justicia, y luego cuesta quitarse la etiqueta de persona conflictiva.
Porque quien lo atraviesa encarna, sin buscarlo, el asunto que casi nadie quiere tener delante, el de que todo termina y se transforma.
Porque un grupo aferrado a lo seguro no admite sus propias ganas de moverse, de manera que delega ese papel en alguien y luego le pasa la factura del desorden.
En un oficio poco común, el de sostener a otras personas mientras se les cae algo. Esa destreza aparece tarde, cuando ya hubo bastante autoconocimiento y se dejó de repartir culpas.
Como etapa elegida y con fecha, sí. Como sitio donde quedarse por costumbre, no. Pide compañía cerca y un plazo decidido antes de hacer la maleta.
Hay que medir cuánto tiempo aguanta una persona en un sitio así, y esa medida sale de mirar tu carta entera en la sesión.
Maria Fernanda Abreu, astróloga profesional, fundadora de Espacio de Mafe.
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